Allá por 1946 o 1947, en Jojutla, Estado de Morelos: un pueblito con –tal vez– una sola calle asfaltada, un cine, dos tiendas grandes, tres iglesias –Una de ellas de origen Anglicano–, un mercado y frente a éste unos arcos donde amarraban caballos y burros, viví mis primeros 10 años.
Había un jardín de niños, una escuela primaria pública llamada “Juan Jacobo Rousseau” y una secundaria de nombre “Benito Juárez”.
El Palacio Municipal se encontraba en el centro del pequeño pueblo, que abarcaba tres cuadras a su alrededor. Contaba con un jardín y un kiosco, donde todos los domingos tocaba una banda y la gente asistía. Además, ahí se celebraban bailes y el carnaval y todo tipo de eventos.
La secundaria se encontraba a una cuadra del Palacio Municipal y el jardín de niños estaba frente a la primaria, a dos cuadras. Esta escuela colindaba con un gran terreno que atravesaba un riachuelo que alimentaba varios árboles frutales.
Un día durante el recreo, posiblemente corriendo, me caí. La rodilla izquierda recibió el golpe y empezó a salirme un líquido blanco. Me dolía mucho, tuvieron que llevarme a mi casa. Estuve varios días sin ir a la escuela hasta que el doctor lo permitió. Desde entonces no puedo hincarme y si lo hago me molesta mucho.