Cuando era niña, como de 8 o 9 años, tenía espíritu de comerciante, porque me gustaba ir al mercado y comprar sandías y revenderlas a la puerta de mi casa. Las que se me quedaban las compraba mi padre, supongo para que no me sintiera mal, esto fue en Jojutla, Estado de Morelos. Posteriormente, en Cuernavaca, le encargaba dulces a mi padre, quién por razones de trabajo vivía cinco días a la semana en la ahora Ciudad de México, ya que administraba unos autobuses de mis medios hermanos. Los fines de semana que estaba con nosotros me llevaba los solicitados dulces y yo los vendía en la escuela a la hora del recreo.
Viviendo en Jojutla, en la esquina de la calle, había una señora ya mayor que estaba sola en una pequeña casa con un terreno como de 100 m2, que no tenía agua. Mi hermano mayor –por dos años– y yo llegamos a acarrearle sus cubetas desde más o menos dos cuadras, donde había una llave pública. También le hacíamos mandados por ayudarla.
Físicamente yo era bajita y medio gordita.
Siempre has sido solidaria y buena gente. Qué bonita historia.