Éramos siete hermanos, escribiré sólo de los primeros cinco, que fue el tiempo en que yo era niña, en los otros dos casos, ya era adolescente y en el otro ya tenía dos hijos, es decir, tuve una hermana menor que mis hijos.
Recuerdo que no nos hacían fiesta de cumpleaños con pastel y amiguitos, sino que nos llevaban a pasear, mi mamá o mi abuela hacían algo especial de comer e íbamos a nadar, a Cuautla a un balneario llamado “Agua Hedionda”, a “El Rollo” Tlaquiltenango, Tehuixtla, Tequexquitengo, Alejandra, ¨Palo Bolero” “Chapultepec”, al Río de Tlaltizapán, todos del Estado de Morelos y también nos llevaron a Acapulco, Gro.
Éramos muy miedosos, pero nos gustaba conocer otros lugares y a veces probar otras comidas, en un lugar llamado Xoxocotla hacían mole verde con tamales hechos con manteca, eran deliciosos. Contaban que en ese pueblo en la noche todos se convertían en aves.
En Tehuixtla había muchos restaurantes todos del lado derecho, porque del lado izquierdo había un río que se cruzaba con un puente tipo hamaca para llegar al balneario, que contaba con tres albercas y una poza muy honda. La gente se embarraba de lodo y ahí se metían. Muchas personas movían dicho puente para asustar a los miedosos, además corrías el riesgo de caerte. A este lugar íbamos frecuentemente.
Cuando tenía doce años, una cuñada, esposa de mi hermano Alberto me enseñó a hacer pasteles caseros mucho, mucho muy deliciosos. A partir de ahí yo los hacía en cada cumpleaños.