Allá por los años cuarenta y tantos, no recuerdo que hubiera teléfonos públicos. Seguramente se usaba en Jojutla, Estado de Morelos, “el servicio de mandados” y fuera de él los telegramas y las cartas y postales cuando salías de viaje. Al irnos a vivir a Cuernavaca a un conjunto de cinco casitas de dos pisos cada una, el dueño sí tenía teléfono y nos permitía usarlo y recibir llamadas. Recuerdo que había un Programa de radio llamado Complacencias Musicales, al que hablaba mucho para solicitar melodías o canciones.
Después nos fuimos a una casa de mi medio hermano Alberto, quien estuvo en esta Universidad en el Plantel de Cumbres. Con motivo de que estaba lejos del centro nos puso teléfono, más o menos entre 1951 o 1952. Mi padre estaba trabajando aquí en la Ciudad como administrador de unos autobuses de Flecha Roja que iban a Acapulco, que eran de mis medios hermanos y necesitaba estar al pendiente de nosotros, pues solo iba a vernos los fines de semana.
Cuando llegamos aquí a la Ciudad vivimos en Fernando Alba Ixtlixóchitl casi esquina con San Antonio Abad, a tres cuadras de Fray Servando Teresa de Mier. Había siete departamentos y una accesoria, que fungía como Tintorería, la cual tenía teléfono, de donde llamábamos y nos hacían el favor de llamarnos.
En 1967 compré un departamento en una Unidad llamada 5 de Diciembre y le pedí ayuda a mi jefe, el Oficial Mayor del Departamento de Asuntos Agrarios y Colonización para que me pusieran teléfono, según yo para estar en contacto con la oficina pero en realidad lo necesitaba porque mis hijos estaban pequeños y tenía que mantener constante comunicación, con ellos, mientras llegaba del trabajo.
En estos tiempos modernos tenemos muchas vías de comunicación pero antes no era así.