Narraré dos casos, que me parecen increíbles, pero que sucedieron.

Esto le sucedió a mi padre. Nos contó que en una ocasión en uno de sus tantos viajes que hacía, debido a su trabajo, ya era bastante tarde y decidió quedarse en un Hotel y le preguntó al administrador que a qué hora hacía parada el tren en ese lugar. Le respondió una hora, y le pidió que lo despertara entonces y se fue a dormir. Pero resulta que el administrador no lo hizo.

Mi papá bajó y le reclamó al encargado. Él explicó que había bajado la señora mayor y que  le dijo que siempre no lo despertara pero mi padre estaba solo. Posteriormente se enteró que el tren se había descarrilado y hubo algunos  muertos. Mi padre nos dijo que pensaba que había sido su madre la que intervino para salvarlo.

Otra historia es una que me pasó a mí y de otro tipo de incredulidad. Cuando participé en el movimiento de los damnificados en 1985, a veces teníamos  reuniones con las autoridades en las que salíamos muy tarde. Normalmente tomaba el Metro, me bajaba en la terminal de  Viaducto Piedad, ahí tomaba un camión que me llevaba  a la Calle de  Plutarco Elías Calles, donde vivía en un condominio llamado 5 de Diciembre. En una ocasión no recuerdo el motivo por el que tuve que cambiar de ruta, y tomé un camión que se fue quedando vacío. Iba por  Calzada de la Viga y al cruzar la calle de Chabacano, ya nada más quedaba yo. El chofer frenó  el carro. Yo venía hasta adelante y él se acercó a mi asiento  y trató de poner su brazo tras mi espalda. Yo muerta de miedo pero muy segura le dije que no hiciera que perdiera la admiración por los trabajadores de la Ruta 100, que en ese momento estaban luchando. Increíblemente se detuvo y me preguntó dónde me bajaba. Me dejó bajar en Sur 71, que es la Colonia Viaducto Piedad  y todavía de ahí tuve que tomar otro camión que me llevara a la puerta de mi casa. Realmente me expuse mucho en ese tiempo. 

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