Los primeros tres años de primaria los hice en la Escuela “Juan Jacobo Rousseau”, en un pueblo del Estado de Morelos llamado Jojutla, era la única escuela oficial. Nunca nos molestaron otros niños, ni a mí ni a mi hermano –dos años– mayor, no ocurría porque teníamos un primo hermano más grande que nosotros y siempre nos defendía.
Cuando estaba en tercer año tenía una maestra que en las clases manuales me trataba muy mal, en ese entonces íbamos mañana y tarde. Recuerdo que en una ocasión no podía coser un costurero que regalaríamos para el Día de las Madres, ella me agarraba del cabello cerca de las orejas y me jalaba, me hizo que descosiera lo que ya había hecho y me hizo llorar. Hasta la fecha soy muy mala para los bordados y para coser. Supongo que me quejé con mis padres, por lo que me cambiaron a una escuelita particular, donde la maestra nos ponía a barrer un patio de tierra hasta que quedara terso.
Cuando nos fuimos a Cuernavaca levanté las manos al cielo, todo era completamente diferente, de cuarto a sexto grados estudié en la escuela oficial “Felipe Neri”, amaba a los maestros, nos trataban bien y las manualidades eran opcionales; es más, hasta me bordé una falda en tela cuadrillé. No recuerdo que ahí se burlaran de los burros.
De la secundaria no podría opinar, porque la hice en el Sistema Abierto.
Tenía 40 años, cuando ingresé al C.C.H. Sur. Incluso mi hijo menor fue mi compañero en el último año, sólo que él asistía por las mañanas y yo en las tardes porque trabajaba. Ahí tuve dificultades con álgebra. Había un maestro matemático de apellido Cupa que decía “las matemáticas son como las mujeres, cuando las entiendes solas obedecen”. Un poco machista ¿no?
En Ciudad Universitaria se me dificultaban los famosos Conjuntos, pero únicamente estaba obligada a tomar un semestre de matemáticas, debido a la carrera de Ciencias Políticas que escogí y terminé.