Allá por 1945, en Jojutla, Estado de Morelos, un pueblito con –tal vez– una calle asfaltada, un cine, dos que tres tiendas grandes, un mercado y frente a éste unos arcos donde amarraban los caballos, había un jardín de niños, una Escuela Primaria llamada “Juan Jacobo Rousseau” y una Secundaria de nombre “Benito Juárez” y dos que tres iglesias, una de ellas de origen Anglicano. El Palacio Municipal se encontraba en el centro del pequeño pueblo, cuando mucho abarcaba tres cuadras a su alrededor, contaba con un jardín y un kiosco, donde todos los domingos tocaba una banda y la gente asistía. Además, ahí se celebraban bailes y el carnaval, en fin, todo tipo de eventos.

La Secundaria se encontraba a una cuadra del Palacio Municipal, y el jardín de niños estaba frente a la Primaria a dos cuadras. Esta escuela colindaba con un gran terreno; de por medio, un riachuelo en el que había varios árboles frutales. Muchos niños se cruzaban para cortar algunas frutas. Por el otro lado de este terreno existía una plazuela llamada del Zacate, en el que había viviendas y una salida a un río que venía desde el Pueblo de Zacatepec, o sea que el terreno en cuestión estaba circundado por estos lugares y un pueblo de nombre Tlaltizapán, donde había una iglesia.

Mi abuela materna, llamada Margarita Vidaurri, tenía una tía que asistía a la iglesia de Tlaltizapán, y que salió embarazada, al parecer, del sacerdote de ahí. A la niña le pusieron de nombre María de Jesús Giles. Dicha tía Chuchita fue compañera de escuela de mi abuela. Años después se convirtió en maestra y puso una pequeña escuela donde impartía clases.

Mi primo y un hermano de 14 y 10 años, respectivamente, a veces acompañaban a mi abuela a visitar y ayudar a mi tía Chuchita, pues ya en ese entonces era muy mayor. Cortaban la fruta y la ponían en canastos. Su casa era de adobe muy grande, recuerdo que tenía un cono en el que filtraba el agua, muchas mesas y sillas que guardaba de lo que fue su escuelita. Había muchas palomas que hacían ruido y nos daba miedo.

Contaba la tía Chuchita que, después de comer, se ponía a quitar las hojas y la basura de las plantas; se le hacía tarde y veía, al estar agachada, unos pies blancos, guaraches y parte de la túnica negra que usan los sacerdotes. Le rezaba para que ya no se le apareciera, pero siempre fue constante. Años después, al hacer unas reparaciones en la Iglesia de Tlaltizapán, encontraron mucho oro. Se cree que su padre, el sacerdote, quería decirle dónde estaba el oro.

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