Cuando era pequeña nunca contribuí a los quehaceres de la casa, ya que estaba mi abuelita que se encargaba de hacer la comida y supongo que mandaban a lavar la ropa. Lo que sí recuerdo es que acompañaba a mi abuelita al mercado los sábados, domingos y en vacaciones. Esto fue en Jojutla, Morelos. Cuando nos fuimos a vivir a Cuernavaca ayudaba a tender las camas y barrer la parte de arriba de la casa, mi mamá hacía lo demás y cocinaba la comida. En ese entonces debo haber tenido como 13 años, pero ya después cada quien tendía su cama; soy la segunda de seis hermanos.

Como mi papá administraba los autobuses de mis medios hermanos, sólo los fines de semana estaba con nosotros, hasta que finalmente convencí a mi mamá de mudarnos a la Ciudad de México, esto sucedió cuando tenía 16 años.

A los 17 años empecé a trabajar. Me gustaba cambiar de muebles, pues los que traíamos eran muy rústicos y contribuí con un comedor, un refrigerador y una sala, y mi hermano Daniel compró una estufa de gas, pues usábamos de petróleo.  También recuerdo que mi hermana Emma compró una televisión muy grande, cuando apenas empezaban. Pero a la cocina realmente nunca le entré, lo único que aprendí en la cocina cuando tenía como 10 o 12 años fue hacer unos ricos pasteles que me enseñaron una cuñada y sus hermanas. Yo creo que por eso era tan mala cocinando, aquí en la Universidad de la Tercera Edad tomé dos cuatrimestres de Cocina Vegetariana, según mis hijos y nieto mejoré mucho, ahora me aplauden mis guisos.

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