Al principio de la pandemia, en marzo del 2020 que se suspendieron clases y presencia en algunas oficinas y trabajos remunerados debido al Covid-19, para mí fue agotador, pues antes me la pasaba leyendo o viendo noticias, ya que contaba con el apoyo de dos personas, una que trabaja dos veces a la semana en la limpieza de la casa y otra que se encarga de la atención de mis los perritos (en ese entonces eran 10, ahora sólo 9 porque murió la Chikita hace como un mes).
La señora que viene cada semana también hizo cuarentena y por supuesto con su pago íntegro. En agosto volvió al trabajo, cuando ya estábamos en Semáforo Naranja. Creo que levanté las manos al cielo. Estaba agotada.
Debido a mi edad (en mayo cumplo 83 años), mi hija que vivía en la Condesa y venía los fines de semana, ya está aquí permanentemente en su casa, al lado de la mía. Así que todas extremamos los cuidados para que no nos contagiemos. Sólo he salido 4 veces, dos al dentista y dos para la vacuna.
También pensaba que después de todo si me moría ya había vivido lo suficiente. Me preocupaban mis hijos y único nieto, aunque él se fue a Alemania a finales del 2020, con la intención de estudiar una maestría.
Con mi familia siempre he tenido comunicación. Por cierto que una hermana y su hijo, quienes viven en Austin, vinieron desde el 24 de abril y se van el 30 de mayo . Están quedándose con mi otra hermana , quien tiene su casa al lado mío.
En este tiempo me han servido mucho las clases y tareas de Mis Memorias por Escrito, para no obsesionarme con la pandemia y las vacunas, y que si me tocó una vacuna china que dicen que no es tan eficaz como otras.